Nuestro matrimonio solo es un acuerdo.
Sebastián sintió que cada palabra de Isabella era una astilla que se le incrustaba con precisión quirúrgica en el centro del orgullo, pero había algo más, algo que lo roía desde las fotografías matinales.
La posibilidad de que Isabella descubriera una vida lejos de él.
Y eso lo sacaba de sus cabales.
—No eres su socia, Isabella, eres… —buscó un arma verbal, una herida certera, un insulto que le devolviera el control, pero se perdió en la firmeza gélida de su mirada—. Eres un peón en su juego.
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