El amanecer se abrió paso entre las persianas del pent-house Moretti con una luz casi hiriente, como si la propia ciudad, cómplice y cruel, quisiera subrayar que nada podía esconderse después de la noche anterior.
Sebastián llevaba despierto toda la madrugada, aferrado a una noche que se negaba a terminar y a una mañana que se imponía sin permiso.
Aún vestía la camisa blanca arrugada y los pantalones del esmoquin, como si el tiempo se hubiera detenido justo en el instante en que cruzó la puerta