Esto promete.
El ascensor se abrió en el piso veinte con un leve resoplido hidráulico, como un suspiro contenido por el propio edificio.
Aún no eran las diez de la mañana, pero Isabella Moretti Deveraux caminó como si llegara tarde a su propia coronación. Su paso era firme, silencioso y seguro, con la espalda erguida y el mentón en alto, transmitiendo una autoridad que no requería anuncio.
Esa forma de avanzar, sin titubeos ni vacilaciones, provocaba una inquietud sutil entre los hombres que creían d