Si mi apellido les incomoda, ignórenlo.
El silencio que siguió fue tan denso que parecía espesar el aire mismo, como si cada molécula se resistiera a moverse.
Marten, atrapado en su incomodidad, desvió la mirada mientras se removía sutilmente en su asiento, como si esperara volverse invisible.
Gabriel, por su parte, tuvo que emplear toda su fuerza de voluntad para contener la sonrisa que se abría paso desde sus entrañas, una sonrisa que nacía no solo de admiración, sino de un inesperado orgullo silencioso. Internamente, aplaudía sin