Si se acercan, la mato.
Isabella seguía atada a aquella silla desvencijada, sus piernas y muñecas laceradas por la cuerda áspera que se hundía cruelmente en su carne.
Cada movimiento era un tormento que le arrancaba gemidos ahogados, su cuerpo empapado en sudor frío, su cabello pegado a la frente, enredado y húmedo por las lágrimas que seguían cayendo sin descanso.
No eran solo lágrimas de miedo, eran de rabia, de impotencia y del dolor abrasador de una verdad recién descubierta que la había quebrado