El amanecer no trajo paz, sino la amarga confirmación de que la pesadilla no había terminado. El bosque estaba impregnado de humo y pólvora, como si los árboles hubieran absorbido la violencia de la noche anterior. Julieta caminaba apenas sostenida por Kenji, con la ropa rasgada, la piel marcada por ramas y la respiración entrecortada.
Cada paso era un suplicio: el dolor en su vientre no cedía, y aunque no era todavía no era la hora del parto, era lo bastante intenso para advertir que su cuerpo