La mañana amaneció con un cielo extraño, cubierto por nubes grises que parecían pesadas, como si quisieran aplastar la casa. Julieta lo notó desde la ventana, con la frente apoyada en el vidrio. Tenía los ojos hinchados de no dormir, y una fatiga que no era solo física: era el cansancio del alma, ese que ni el café ni las sonrisas prestadas podían borrar.
Kenji seguía afuera, dando vueltas como un animal enjaulado. La discusión de la noche anterior no había tenido desenlace, y Julieta se negaba