El susto todavía estaba instalado en el cuerpo de Julieta. La madrugada solo se veía como un mal presagio. No había viento, pero el crujido del techo todavía resonaba en la memoria de Julieta, como si se repitiera una y otra vez.
Sentada en el sofá, abrazaba una manta sin darse cuenta de que sus uñas la rasgaban, mientras sus pensamientos se arremolinaban con una fuerza que amenazaba con romperla.
Kenji aún estaba de pie, con la pistola en la mano, los músculos tensos como si esperara el ata