El amanecer en la isla llegó húmedo y gris, con un viento frío que se colaba por los ventanales y hacía crujir la madera. La luz entraba en franjas débiles, como si también estuviera cansada. Julieta despertó con la cabeza pesada, la garganta ardiendo y el cuerpo tiritando. El recuerdo de la lluvia anterior era ahora una condena; cada gota que había sentido sobre su piel parecía transformarse en fiebre.
Se incorporó con dificultad, pero el mareo la obligó a recostarse de nuevo. Sentía el camis