Alma permanecía sentada en la cama, sosteniendo su vientre como si en él estuviera lo único que realmente le pertenecía. Gael seguía de pie en el marco de la puerta, observando sin invadir, cuidando sin asfixiar, intentando no equivocarse otra vez.
Entonces sonó.
El celular vibró en su bolsillo. No fue una alarma. No fue un mensaje. Fue una llamada. El sonido rompió la calma recién construida como un vidrio que empieza a resquebrajarse.
Gael bajó la mirada hacia el teléfono.
Número desconocido.