La mano de Gael seguía extendida frente a ella. No había dramatismo exagerado ni valentía heroica. Solo había cansancio, dolor acumulado y una decisión que parecía demasiado grande para la fuerza que aún le quedaba. Alma dudó unos segundos, pero finalmente movió la mano. Sus dedos temblaban, su respiración era corta, pero aun así se atrevió a tocarlo. Gael la sostuvo de inmediato, no con la brutalidad con la que muchas veces imponía las cosas, sino con una firmeza cargada de contención, como si