La casa quedó en silencio después del portazo. Ese silencio que queda vibrando en las paredes y en el pecho. Gael seguía abrazando a Alma, pero ella poco a poco se fue separando. No quería mostrarse débil; no otra vez. No después de haber levantado la cabeza por primera vez en años.
Respiró hondo. Se limpió las lágrimas con la mano temblorosa.
—Estoy bien —murmuró, aunque claramente no lo estaba.
Gael la miró sin creerle.
—Alma…
—Dije que estoy bien —insistió ella, dando un paso atrás.
Sus mira