Valeria
Cuando salimos del hospital, Fernando no dijo mucho. Caminaba lento, con el bastón en la mano, los hombros erguidos pero el rostro concentrado, como si procesar todo lo vivido lo mantuviera en otro plano. El sonido rítmico del bastón contra el pavimento marcaba nuestros pasos, una melodía irregular que parecía acompañar sus pensamientos.
Yo lo acompañaba en silencio. No porque no tuviera nada que decir, sino porque sentía que el momento pedía eso: estar. Sin interrumpir, sin completar f