Fernando
La notificación me llegó como una ráfaga. Ni un mensaje previo, ni un intento de suavizar el golpe. Solo una llamada breve de mi abogado, diciendo: “Tu abuelo ha tenido una caída. Está grave. Pidió verte.”
Colgué con la garganta seca, y el cuerpo paralizado por un miedo viejo, ese que creía haber dejado atrás cuando corté lazos con los Casteli. Pero no. Ahí estaba de nuevo. Latente.
Me senté al borde de la cama con las manos apoyadas sobre los muslos. Todavía usaba el bastón, aunque ca