No podía ser verdad. No. Gabriele no estaba muerto. No podía estarlo.
Las palabras de Marco D’Amico retumbaban en mi cabeza como un eco interminable, una grieta abierta en mi pecho que no dejaba de sangrar. Él había dicho su nombre con esa indiferencia calculada, con esa mueca de burla apenas contenida, como si Gabriele hubiese sido un simple obstáculo que debían quitar del camino. Pero no era así. No podía ser. Yo lo había oído hace apenas unos días. Habíamos hablado. Había escuchado su voz, s