Marco D’Amico se sentó frente a mí con la tranquilidad de quien no tiene prisa, como si no hubiera un cuerpo temblando a pocos metros, ni sangre seca en la comisura de mis labios, ni el hedor del encierro impregnando las paredes. Me observó durante unos segundos, en completo silencio, como si quisiera calcular cuánto quedaba de mí. ¿Cuánto resistiría antes de quebrarme?
No me moví. No parpadeé. No podía. Tenía el cuerpo rígido, aferrado al único escudo que me quedaba: el desprecio.
—¿De qué se