Cuando me sacaron de la tina, ni siquiera sentí frío. Era como si el agua tibia que me envolvía no hubiese tocado realmente mi cuerpo. Como si esa piel que estaban acariciando con esponjas suaves no fuera mía. Las mujeres —ni siquiera recordaba sus rostros, solo manos diligentes y cuidadosas— me secaron con una toalla mullida, me perfumaron con algo dulce y cálido, como jazmín o miel, y luego me vistieron con una pijama de seda clara. Me sentí envuelta en algo suave, ajeno, irreal.
Fue entonces