La llamada llegó en medio de la tarde, mientras cortaba cáscaras de naranja para una confitura que Teresa me había enseñado a preparar. El celular vibró sobre la encimera de mármol. El corazón me dio un vuelco cuando vi su nombre iluminando la pantalla. Gabriele.
Contesté al instante, con las manos temblorosas, la voz atrapada en la garganta.
—¿Gabriele?
—Amore… —Su voz, ronca y profunda, fue un golpe directo al pecho. Sonaba cansado, como si no hubiera dormido en días.
Me apoyé contra la isla