La casa entera parecía contener el aliento.
Había cerrado la puerta de mi habitación como un acto de supervivencia, más que de enfado. No quería verlo. No así. No con los ojos encendidos de sospecha, no con el juicio sobre los labios, no con la violencia blanda que no deja moretones pero marca igual.
Me senté en el borde de la cama sin desvestirme. Tenía el vestido aún en las manos, arrugado, tembloroso como yo. Me ardía la cara de vergüenza, no por lo que él había pensado, sino por lo que habí