Nunca me había parecido tan largo el atardecer como ese día.
Había cocinado con desgano, pero con la vaga esperanza de que, al menos esta vez, Gabriele llegara antes de que el cielo se tiñera por completo de negro. Había empezado a imaginar, desde temprano, la posibilidad absurda de que comiéramos juntos. Algo simple y casero. Como en los viejos tiempos. ¡Como cuando todavía me miraba sin que la preocupación le nublara los ojos!
Pero claro, era solo una ilusión.
El teléfono no sonó. No hubo me