Él se quedó de pie junto a la puerta cerrada. Yo no me había movido. Me abrazaba a mí misma, de pie, junto a la cama, como si así pudiera sostenerme en medio de ese temblor interno que me recorría desde que lo vi cruzar la puerta.
Había dicho que estaba cansado, que se había equivocado, que no sabía cómo manejar todo. Pero no era suficiente. Ni siquiera cerca. No después del silencio, del abandono, de esa acusación cruel que había lanzado sobre mí como si mi fidelidad fuera algo dudoso.
No lo m