Llegar a Sicilia fue tan rápido que apenas tuve tiempo de asimilarlo. Tal vez era la emoción o la ligereza que sentía en el pecho, pero el trayecto hacia casa se me pasó volando, como si el avión hubiese surcado no solo el cielo, sino también mi ánimo, elevándolo por completo. Iba recostada en el asiento, con una sonrisa boba, rodeada de bolsas y cajas, como si hubiese saqueado media Milán. Aún no podía creer la jornada que habíamos vivido. Gabriele, mi Gabriele, se había mostrado encantador, d