Esa mañana me desperté con una extraña sensación de felicidad. Después de semanas, encerrada en esta casa, por fin iba a salir. No me malinterpreten: la casa tiene absolutamente todo —hasta una piscina espectacular con borde infinito—, pero el hecho de no poder salir, de no poder asistir al instituto, comenzaba a hacerme sentir como una prisionera con lujos.
Gabriele, como siempre, se había levantado mucho antes que yo.
—Debo asegurarme de que todo esté en orden antes de que salgamos —me dijo c