Las despedidas siempre me dejaban un nudo en la garganta, pero esa vez fue distinto. Me dolía la boca de tanto sonreír para que mis padres no sospecharan nada, me dolía el corazón por haber ido a verlos sin pensar en las consecuencias. Cuando nos alejamos de la casa de mis padres, la tensión que me oprimía el pecho se volvió insostenible. Sentía el peso del error como una piedra en el estómago. Había sido imprudente, ingenua, y ahora lo sabía.
Gabriele no me dijo ni una palabra en los primeros