Había pasado otro maldito día lleno de papeleo, reuniones con socios que no me interesaban, y llamadas que colgaba antes de que terminaran la primera frase. Lo único que realmente me mantenía cuerdo era saber que Ludovica estaba bien. O, al menos, eso creía. Desde que su presencia se instaló en mi habitación como un huracán suave, no podía evitar pensar en ella cada vez que entraba y la veía dormida, como si me perteneciera. Como si al fin hubiera algo mío que no se me pudiera arrebatar.
Esa no