Desde que Ludovica había llegado, la casa se sentía distinta. Más viva. Más luminosa. No era solo su risa que se escapaba cuando se sorprendía, ni su voz suave y decidida cuando hablaba de cocina o cuando, sin darse cuenta, dejaba escapar alguna reflexión que me hacía pensar. Era su presencia misma, discreta, pero firme, que iba impregnando todo.
Con el paso de los días, comenzó a soltarse conmigo. Ya no me miraba con esa mezcla de cautela y respeto distante, sino con una confianza serena que i