No sabía cómo había llegado a sentirme tan cómoda en tan poco tiempo. Quizá era la calma de no tener presión, el aire limpio, el aroma de los limoneros o el hecho de que en esa casa, por primera vez en mucho tiempo, me sentía segura. Pero sospechaba que gran parte de esa sensación tenía nombre y apellido. Gabriele De Luca.
Esa noche, le había preparado una focaccia con aceitunas negras y romero. La masa había levado justo como debía, la corteza estaba crujiente y el interior esponjoso, perfumad