Mi padre llegó echando fuego por los ojos. Ya sabía que no estaría de acuerdo con la decisión que había tomado, y la forma en que irrumpió en mi despacho no dejaba lugar a dudas. Yo estaba sentado frente a mi escritorio, revisando los documentos que Dante había preparado para el nuevo negocio que estábamos por montar. El crujido seco de la puerta, al cerrarse con un portazo, me hizo alzar la vista.
—¿Cómo se te ocurre hacer esa estupidez? —rugió, golpeando con fuerza la mesa—. ¡Te dije que no p