La mesa estaba servida con esmero. Teresa, con una sonrisa orgullosa, anunció en voz alta que todos los platos habían sido preparados con mi ayuda. Yo sentí cómo mis mejillas se encendían al escucharla. Era la primera vez que alguien mencionaba mi trabajo de ese modo, con aprecio, con reconocimiento. Pero lo que más me sorprendió fue cuando dijo, casi como un secreto compartido con cariño, que el postre, el tiramisú, lo había hecho yo sola.
—Y no cualquier postre —añadió, mirando a Gabriele con