Cuando Teresa salió con Dante rumbo a donde comenzaría a trabajar —una oficina provisional mientras terminaban de acondicionar la que ocuparía en la casa—, quedé sola con Gabriele en la sala. Apenas se cerró la puerta tras ellos, me zafé bruscamente de su agarre, alejándome un par de pasos como si me hubiese quemado con su contacto.
—¿Qué haces? —le espeté con rabia contenida—. ¿Qué fue todo eso? ¿Un acto para impresionar a tu primo? ¿Un juego más?
Gabriele no respondió. Me observó en silencio