La mañana siguiente amaneció clara, cálida, casi extraña. No era solo el clima lo que me parecía ajeno, sino mi propio cuerpo, que, aunque más liviano, aún se sentía débil. Me habían retirado la vía del brazo y la enfermera vino a ayudarme a cambiarme con una muda de ropa limpia que Teresa había dejado el día anterior. Mi reflejo en el espejo del baño me desconcertó: los ojos hundidos, la piel pálida, el cabello desordenado. Parecía haber pasado por una guerra. Supongo que así fue. Una guerra s