La tarde pasó sin sobresaltos, envuelta en una calma que, por momentos, se sentía casi antinatural. Teresa me llevó directo a la habitación, donde todo ya estaba preparado para que no tuviera necesidad de salir mientras me recuperaba. Tenía todo lo necesario: desde una cama impecablemente tendida con sábanas nuevas hasta una televisión que claramente habían mandado a instalar para entretenerme durante mi reclusión forzosa.
Incluso habían dispuesto una pequeña mesa junto a la ventana, con vista