La cena terminó entre risas contenidas, miradas furtivas y algún que otro comentario sarcástico de Gabriele que, por primera vez, no me pareció una daga. Más bien, eran como pequeñas chispas… inofensivas. Molestas, sí, pero también divertidas. Me sorprendía a mí misma, riéndome con él, sin reservas. Y más aún, notando lo mucho que me gustaba escucharlo, reír.
Cuando terminé de recoger los platos y me quité el delantal —con un poco de harina aún en la frente, según él—, Gabriele me ofreció una co