La lluvia comenzaba a caer con lentitud sobre el parabrisas mientras Gerónimo conducía en silencio. Yo iba en el asiento trasero, con la mirada fija en la nada, en el horizonte borroso del mar. Cada gota que resbalaba por el cristal parecía arrastrar una preocupación más. Y últimamente las tenía todas a flor de piel.
La reunión con Tommaso me había dejado una espina clavada. Su rostro. La inquietud en su voz. El miedo contenido que intentaba disimular. ¿Cómo no verlo? Él había notado los movimi