El desayuno se me volvió ceniza en la boca.
El silencio, luego de la confirmación de la muerte de Marco D’Amico, fue más elocuente que cualquier palabra. A mi lado, Ludovica apenas rozaba su taza de café, una mano aun sobre su vientre, como si ya lo estuviera protegiendo del mundo que se nos venía encima. Yo la sentía, presente, fuerte, pero también cansada de la oscuridad que nos rodeaba. Y yo... yo estaba harto de que ella estuviera en medio sin saber. Ya no. No más sombras para ella.
—Despué