La casa dormía. Incluso las sombras se habían rendido al silencio, y los pasillos, que durante el día eran territorio de voces y pasos, ahora reposaban en penumbra. La habitación, tibia por la calefacción y envuelta en el tenue aroma de la colonia de Gabriele, era mi refugio. Ya había salido de la ducha, mi piel aún conservaba el leve cosquilleo del agua caliente, y me había puesto una de sus camisas, esas de lino suave que colgaban grandes sobre mi cuerpo, cubriéndome justo lo necesario.
Gabri