El amanecer nos encontró envueltos el uno en el otro, como si el mundo exterior no pudiera alcanzarnos mientras estuviéramos así. Sentí primero su respiración cálida sobre mi cuello, luego el peso suave de su brazo rodeando mi cintura, y más abajo, sus piernas entrelazadas con las mías, como si en sueños su cuerpo también necesitara asegurarme que seguíamos aquí, juntos, vivos, a salvo.
No quise moverme de inmediato. Había en ese instante una paz que pocas veces encontraba: la que nace del amor