El eco de los pasos ajenos me retumbaba en el pecho como un presagio.
Fyodor me hizo una seña y nos acercamos por el costado del edificio, siguiendo el sendero entre los árboles que nos ocultaban parcialmente. La clínica estaba ahí, al final del camino, silenciosa, sin luces evidentes ni guardias visibles. Pero eso no me tranquilizaba. Sabíamos que había gente adentro, y la ausencia de movimiento era justamente lo que más me inquietaba.
La puerta trasera estaba cerrada, pero Fyodor parecía cono