El dolor de cabeza fue lo primero que la atravesó. Una punzada constante, como si martillos invisibles golpearan sus sienes. Vida abrió los ojos con lentitud; la boca estaba seca, el estómago revuelto. Descubrió que estaba en el sofá, cubierta con una manta ligera que no recordaba haber tomado.
Se incorporó tambaleante, observando la sala en un silencio que resultaba inquietante. Los muebles estaban en orden, no había vidrios rotos ni cuerpos tirados. El marco de la puerta seguía intacto, como