Luego del trabajo, Vida salió con Milah. Caminaban por la acera iluminada todavía por los últimos destellos del sol, que se rendía poco a poco ante el ocaso. La brisa traía consigo el olor a gasolina y frituras, típico de la ciudad a esa hora. Vida tenía antojo de algo rápido y grasoso, y arrastró a su amiga en busca de un puesto de comida. Pero en realidad, más que hambre, lo que tenía eran preguntas. Y no pensaba guardárselas.
—¿Qué hacen el veinte de noviembre? —preguntó de pronto, mirando a