Ambos compañeros de piso estaban en la sala, compartiendo el silencio como si fuera una manta que apenas cubría el frío entre ellos. Vida ya tenía lista su ropa para el día siguiente. La camisa blanca colgaba del respaldo del sillón, los zapatos alineados junto a la puerta, el cabello aún húmedo recogido en una trenza simple. No era solo una rutina: era su forma de recordarse que seguía viva, funcional, entera… aunque por dentro se estuviera deshaciendo en mil pedazos.
Silas la miraba desde el