La casa olía a café recién hecho y a madera húmeda. Afuera, el viento arrastraba copos de nieve que golpeaban suavemente las ventanas, pero adentro solo reinaba el silencio.
El tipo de silencio que no se elige, sino que se impone.
Vida sostenía una taza entre las manos, observando cómo el vapor se elevaba y se perdía. Frente a ella, la ángel la miraba sin hablar, con esa paciencia infinita que solo los seres antiguos poseen. Ambos sabían que no había nada que decir que pudiera aliviar el peso