El amanecer no trajo paz. El cielo estaba gris, cargado de nubes bajas que parecían anunciar tormenta, aunque no llovía. Ariadna despertó en el suelo de su habitación, aún recostada contra el pecho de Elian. El calor de su abrazo era lo único que la mantenía cuerda después de la última noche.
El libro permanecía cerrado junto a la mesa, inmóvil, como si nada hubiera pasado. El amuleto, reducido a cenizas, reposaba en el suelo. Ariadna lo miró con una punzada de dolor. Era como perder una parte