La luna estaba cubierta por nubes densas cuando Ariadna regresó a casa. Elian había advertido quee esa noche las sombras se moverían, y aunque intentó convencerse de que tal vez exageraba, cada rincón oscuro parecía susurrar su nombre.
Encendió todas las lámparas de aceite de la casa, como si la luz pudiera ahuyentar el miedo. Su madre y sus hermanos dormían, ajenos al torbellino que la rodeaba. Ariadna permanecía en su habitación, con el libro sobre la mesa y el amuleto apagado colgando de su