La plaza estaba casi desierta cuando Ariadna salió de la casa comunal. El viento frío levantaba polvo, y las farolas vacilaban como si fueran a apagarse en cualquier momento. Frente a ella, bajo la penumbra, Elian permanecía inmóvil, observándola.
Por un instante pensó en huir, en correr hacia su casa y encerrar el libro en el lugar más profundo que encontrara. Pero sus pies la llevaron hacia él como si no tuviera opción. Cada paso que daba acercándose era una contradicción: miedo y calma, rech