El sol apenas había salido cuando Ariadna abrió los ojos. La lámpara seguía encendida, consumida hasta la mitad, y el olor a ceniza impregnaba el aire de su habitación. Por un instante pensó que todo había sido un mal sueño, pero al girar la cabeza lo vio: el libro abierto sobre la mesa, y en la primera página, una frase nueva escrita con tinta oscura:
"La noche fue solo el inicio."
Un escalofrío le recorrió la espalda. A su lado, sobre la silla, descansaba el amuleto, aún tibio tras haber bril