La máscara de esposa resignada se había vuelto tan cómoda que a veces temía que se me hubiera fundido con la piel. Saludaba a Marko con una sonrisa cansada, participaba en conversaciones banales sobre el clima o la cena, y siempre, siempre, mantenía los ojos vacíos de cualquier destello de la rabia que me consumía por dentro. Era una actriz en una obra macabra, y mi actuación había sido recompensada con migajas de una falsa normalidad que yo usaba como moneda de cambio para mi guerra secreta.
U