La puerta cerrada resonó en el departamento como el portazo de una celda. Me quedé inmóvil, el eco de las palabras de Tomás—¿Te gustó?—golpeándome una y otra vez. No era solo la duda obscena, era el veneno que mi propio silencio había permitido fermentar. Le había dado una versión recortada, limpia, de mi violación, y ahora la cinta sucia y editada llenaba esos vacíos con la peor mentira posible.
Roxana observaba desde la mesa, su rostro impasible, pero podía sentir el peso de su análisis. No d