La grieta entre Tomás y yo no era un vacío, era una presencia tangible que llenaba cada centímetro de R-7. Se respiraba en el aire enrarecido, en la forma cuidadosa en que pasábamos uno al lado del otro sin rozarnos, en los silencios que ocupaban el espacio donde antes, incluso en los peores momentos, había existido una complicidad táctica, un lenguaje compartido de supervivencia. Ahora solo había un campo minado de palabras no dichas y miradas evitadas.
La decepción que aún sentía hacia él por