En casa, Wilson duerme con el mentón apoyado en mi zapatilla. Ese peso chico me mantiene la cabeza en su sitio. Antes de salir, le dejo agua fresca y el cuenco a medio llenar —ritual de calma— y cierro con dos vueltas.
El hospital despierta con su ruido de carros y el zumbido tibio de las lámparas. Paso por Calidad, marco presencia, dejo el bolso, la libreta y el gesto neutro que me permite caminar sin que nadie me adivine. En el bolsillo interior, un papelito doblado con cuatro cifras: 2687. L